Crítica: Cuando el demonio quiere bailar

‘Villains’ es un disco que contiene de todo, pero quizá no para todos


Después de varios años de espera —que en realidad no han sido tantos si atendemos al movimiento de la industria—, nos llega el esperado nuevo disco de Queens Of The Stone Age, Villains (Matador, 2017). Una combinación de rock, balada, toques pop y un poco de oscuridad.

Desde que se dio a conocer que Mark Ronson iba a ser el productor del nuevo álbum de QOTSA, hubo más de un fanático que levantó la ceja en señal de preocupación. Y mejor no hablar de todas las ocasiones que el título ‘Uptown Funk’ salía a relucir. Al final, las declaraciones de Josh Homme fueron directas: el demonio quería bailar.

Con ritmos no tan crudos como en anteriores producciones, Villains nos invita a un retorno a los años 50, el periodo en el que el rock & roll reinó sin preocupaciones ni oponentes. Los primeros sencillos, ‘The Way You Used to Do’ y ‘The Evil Has Landed’, ya nos mostraban un camino hacia esos años dorados. Un viaje completado gracias a ‘Head Like A Hounted House’  —que suena a próximo sencillo o as en la manga hacia los detractores—, dejando a los demás temas un poco más opacados por la falta de ese toque bailable, como ‘Un-reborn Again’ o ‘Villains Of Circumstance’, temas un poco oscuros.

‘Hydeaway’ y ‘Fortress’ son canciones que dan balance al disco. De hecho, podrían haber aparecido en cualquiera de los otros discos de la banda. Sin embargo, aquí aparecen como un recordatorio —un poco blando y con una balada de por medio— de que se trata de un disco de Queens of the Stone Age.

Sin perder la esencia, el nuevo disco es más despreocupado. No tan bailable como se llegó a imaginar pero con algunos temas intensos que seguramente ya se encuentren en varias playlist de rock de la mayoría de medios especializados. Para muchos fans puede resultar el álbum con menos estilo de la banda, pero la realidad es que no hay una sola canción que no tenga el sonido característico de Homme y los suyos ni sea de poca calidad. Se puede escuchar cada instrumento bien ecualizado sin necesidad de forzar el oído, el bajo domina, las guitarras suenan y la voz de Josh hipnotiza… todo como debe ser.

Un buen disco del que sobresalen cuatro —puede que cinco— canciones. Si bien es cierto que no se convertirá en una de las joyas de la carrera de la banda, tampoco es un disco al que dejar coger el polvo en la estantería.


7,8 / 10


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