Crónica: La fábrica electrónica de Mount Kimbie

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Crónica del paso de Mount Kimbie por la Joy Eslava de Madrid el jueves 23 de noviembre


El viaje que plantean Mount Kimbie es uno hacia dentro de uno mismo, es uno concentrado y comprimido, un chillido de máquina de vapor a la presión de un mundo que oprime. Su centro de operaciones sobre el escenario, con cuatro puestos de teclado, una batería, una guitarra y un bajo, parece convertirse en más un centro de mando, el cristalino cerebro de una torre de control que vigila las entradas de naves espaciales mientras llueve ácido y brillan neones gigantes. Metropolis y Blade Runner suenan a lo que quiera que sea que hagan estos dos compañeros de Londres que ahora trabajan más a distancia pero que siguen tomándole como nadie el pulso electrónico a la subcultura urbana de club.

En un alarde de prodigio técnico y de despliegue, se cambian los lugares, agarran cada cachivache que pueden y se reparten las tareas con disciplina industrial, desde la tormenta secuenciada de ‘Four Years and One Day’ o ‘Audition’, que les pone en contacto con los Radiohead más histéricos, hasta un ambient vitalista que cruje como el de Burial pero brilla como el de Bonobo, entre soplos tropicales y zambullidas bajo el agua (‘Home Recording’ o ‘So Many Times, So Many Ways’, o en general todas las que pertenecen a Cold Spring Fault Less Youth, su segundo disco). Dominic Maker y Kai Campos se acompañan en el escenario de la sutil voz de Andrea Balency, una joven parisina con residencias en Londres, México o Buenos Aires que les apoya también a los teclados, y del batería de Micachu & The Shapes, el virtuoso Marc Pell, que se maneja con cadencias más relajadas pero puede incendiarse en bases de big beat.

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Como una banda completa, van cambiándose los instrumentos, los lugares, se atreven con las voces pese a que para eso está Andrea, para suplir el apartado vocal que lógicamente es el único que se resiente en el concierto, y es que es lo que tiene contar en el estudio con voces tan, quizá no buenas o prodigiosas, sí singulares, inimitables. Vaya, tanto sonó por la Joy Eslava el nombre del reptil de Londres, King Krule, como el de Mount Kimbie, y ante uno de esos momentos difíciles, el de enfrentarse al que sin duda es uno de los temas del año y su canción más reconocible del nuevo Love What Survives, la subterránea ‘Blue Train Lines’, se mostraron dubitativos y poco confiados. Deslució evidentemente, tanto que fue seguramente lo peor del concierto y es que optaron por poner un pregrabado de la voz de Archy Marshall que apenas se oía (se oía más a la gente vomitarla) en lugar de atreverse a hacerla a su manera. O a no hacerla, como hicieron con otros temas vocales.

Hacia el final, cuando se abandonan de nuevo a una faceta más puramente electrónica y comienzan a endurecer el ritmo y a subir la temperatura de la Joy, son ellos los que se apoderan de la voz de Krule para un pequeño fragmento de ‘You Took Your Time’ intercalado en la progresiva ‘Field’ que queda mucho mejor, y ya no van a detenerse ni durante el efímero paso por backstage antes de acometer el bis ni por culpa de algún que otro error que cometieron, apenas perceptible como el mismo Maker reconocía entre risas, durante el clímax y la resolución de ‘Delta’. El colofón, el momento en que el baile dejó de ser introspectivo y rompió las barreras hacia fuera, lo puso ‘Made To Stray’. El broche de oro para una descarga de electrónica elegante y memorable.

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Fotografías: Miriam Augustin (@miriam_augustin) 

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About Diego Rubio Méndez

Soliloquísimo. Bowie se me apareció en sueños y no me dijo nada, pero supe que la música iba a ser el camino de mi vida.

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